Felix Aguilar - El nombre invisible

El nombre invisible

Varios eran los crímenes que el Sargento Liborio Hidalgo había resuelto; sin embargo, después de tres años de investigación, el caso del nombre invisible le estaba empezando a pasar factura. El dolor que le provocaba la úlcera de su estómago cada vez era más insoportable. Su carácter irascible estos últimos años le había llevado a perder a su mujer y a sus hijos; lo único que le quedaba era el trabajo y ese caso. Ese maldito caso.

Se le llamó así porque el asesino escribía su nombre con zumo de limón en una hoja en blanco, la cuál dejaba encima de sus víctimas. Para poder verlo, sólo hace falta acercar al calor de una vela la hoja y voilá, aparece el mensaje. Pero si el nombre del asesino aparece escrito con “tinta invisible”, ¿no sería sencillo entonces detenerlo? Lo sería si, como buen asesino en serie, siguiera el mismo patrón a la hora de cometer sus crímenes. ¿Cómo se aseguraban de que no fueran varios los asesinos? ¿Acaso no es posible que otros cometieran crímenes e intentasen cargar el muerto, valga la redundancia, al asesino primigenio?

El Sargento Liborio Hidalgo no dejaba de darle vueltas al nombre invisible. Caronte. Su libreta estaba garabateada con ese nombre, que había escrito cientos de veces. Soñaba con rostros vacíos de expresión y todos eran Caronte. Le susurraban cosas ininteligibles, de las cuáles él sólo podía distinguir una palabra: “futuro”.

Una noche se despertó por un ruido ensordecedor en la cocina. Salió de la cama y cuando llegó, aún medio dormido, vio un agujero enorme en la pared que le llamaba. Se acercó con miedo y alargó la mano, sintiendo cómo una fuerza tiraba de él hacia dentro del agujero. Unos cuatro segundos después estaba en su cocina, pero a través de la ventana pudo ver su cara en unos carteles enormes. El nombre que aparecía en ellos le encogió el estómago. CARONTE.