El sabor del melocotón

Su primer beso sabía a licor de melocotón. De fondo, en la verbena, sonaba “Si yo tuviera una escoba”, mientras los banderines de colores bailaban con el viento. La verdadera fiesta acababa de empezar aquella noche de verano en la que, por fin, sus labios se encontraron.

Primero, suavidad. Después, el roce punzante de una barba recién estrenada. Terminaron con un paseo por la feria en zigzag, mareados por el licor compartido y la emoción. Dejándose llevar entre el olor a algodón de azúcar y las luces centelleantes… ¿O eran sus pupilas?

Aquella escena había quedado sepultada por los años. Ahora ella cogía con la mano un utensilio que, de pronto, no sabía utilizar. “Es el tenedor, mamá, tienes que pinchar la fruta y llevártela a la boca”, le decía su hijo con voz pausada. Ella obedecía dócil a aquel hombre,

aunque ya ni siquiera sabía quién era. Tampoco sabía ya que aquellas niñas que correteaban por la habitación eran sus nietas. Ni que el tic-tac que escuchaba cada tarde no era el canto de un pájaro, sino el sonido de un reloj que ya no podría volver a interpretar. Pero, aún en alguna ocasión, el sabor del melocotón le asaltaba sin permiso y le inundaba el paladar. Por unos instantes, como si de magia se tratara, ella volvía a vivir su primer beso. Y aunque también había olvidado muchas palabras, los labios se le torcían en una especie de sonrisa y se le podía oír tararear: “Cuántas cosas barrería…”.

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