Elisenda Romano - El visitante

El visitante

Cuando les dijeron que vendría un compañero norteño se imaginaron un joven robusto de metro ochenta vestido de traje, con modales refinados y que fuese un poco snob. Medía más de un metro ochenta y era un poco snob, pero lo que no esperaban era que tuviera escamas, padeciese la costumbre de subirse por las paredes e hiciese un ruido extraño cuando le picaba la garganta.

Al principio, los compañeros de la oficina no dijeron nada y el norteño lo notó. No decir nada era peor que decir algo.  Cuando empezaron a decir algo, fue más bien hacer algo, empezaron a echarle miraditas de soslayo. Luego vinieron los susurros y, por último, los motes. Al principio el norteño se hacía el loco, pensaba que así se los quitaría de encima. Se equivocó. Al tercer mes, comenzaron las bromas: le quitaron las plantitas del escritorio, le tiraron sus moscas por el retrete y hasta le llenaron de caca la puerta del coche. Con esto no se puso triste, su colega era un escarabajo pelotero, por lo que al menos uno de los dos tendría un buen día. El psicólogo le recomendó cambiar de empleo, y así lo hizo, se fue al país de las cucarachas, y cuando entró en la oficina todas se quedaron en silencio.