Ella y tú

Ella sigue ahí, majestuosa. Sin perder esa elegancia innata. ¿Por qué a mí me duele con solo mirarla? Tal vez porque es preciosa. Y suave. Con piel de terciopelo. No habla, sólo observa, y sabe leer este silencio. Estas dudas que me oprimen la garganta cada vez que la miro. Está más triste que ayer. Y un poco más que antesdeayer. Y bastante más que la primera vez que la toqué. Me emocioné al verla, como si fuera lo mejor que me había pasado en mucho tiempo. Y tal vez lo era. Pero ahora su piel no es la del principio. Porque esta desilusión está haciendo que ella se marchite día a día.

Sus pétalos se están volviendo de un granate oscuro y se curvan peligrosamente hacia abajo. Uno de ellos tiembla cada vez que me acerco, a punto de caer. Pronto aterrizará fuera del jarrón y ya no habrá marcha atrás. Como en el cuento. Y aunque parece solo una rosa más, no es sólo eso: eres tú. Eres tú en nuestro aniversario. Y tus ojos negros. Y nuestro restaurante favorito.

Ella sigue ahí, con los pétalos esperando a caer. Esperando a que yo te llame. Y yo sigo aquí, con mi almohada llena de incertidumbres. Con un nudo en el estómago que ya no parece amor. No te llamaré, y ella se apagará despacio, como todas las rosas después de ser regaladas. Tal vez sea lo mejor, porque cada vez que la miro pienso en ti, y no puedo evitar sentirme culpable por no saber quererte más.

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