Angel Saiz Mora - Espías

Espías

En el lugar y hora acordados ella se soltó el pelo de forma sensual, era el gesto convenido, el que esperaba la persona con la que tenía que encontrarse.

La mujer, sin dejar de llamar su atención con miradas sugerentes, dejó que aquel individuo tan mal parecido se le acercara confiado. Los informes no mentían. El agente enemigo, llevado allí con engaños y a quien debía eliminar, era casi repulsivo. Nada tenía que ver con los apuestos actores de las películas de intriga y suspense.

Una detonación ahogada por el silenciador de su pistola, que ni siquiera sacó del bolso, fue suficiente para terminar con él. Aún humeaba el arma cuando otro disparo, no menos inesperado, también acabó con ella, éste ejecutado por una tercera persona, que había pasado de presa a cazador. El agente auténtico se marchó del lugar con gran alivio, consciente de que había vuelto a nacer, agradecido, por primera vez, de no ser el único hombre feo de la ciudad.