Frank Herrera - Fábula del país sin luna

Fábula del país sin luna

Cuentan de un lugar donde, y nadie sabe bien por qué, la luna comenzó a desaparecer.

Quienes habitaban el lugar comenzaron por notar un mordisco en el cuerpo selenita pero suponían que iba a ser algo temporal, como todo, y que se repararía sola, como todo. Pero el asombro mutó en pavor cuando notaron que ya casi la mitad de la luna había sido consumida.

Intentaron de todo y probaron plegarias a todos los dioses que pudieron pronunciar. Nada detenía el fenómeno. Con los días ya la luna no era más que un pedacito de piedra blanca colgando de la nada, indefensa y moribunda. Incluso habían ido falleciendo los más ancianos que recordaban haberla visto en todo su esplendor. Pronto no quedaría nada de luna ni nadie que la recordara.

El cielo nocturno era todo una cobija negra con estrellas.

Tiempo después alguien divisó una formación diminuta en el cielo, un cachito de luz incipiente, pero absolutamente nadie sabía qué podía ser aquello. Sabían solamente que cada noche que se asomaban al cielo este fenómeno sideral se iba hinchando y conquistando más y más espacio en su cielo.

Una mañana y a escondidas de su familia, una joven de la aldea se atrevió a formularle la pregunta a una libélula que merodeaba por allí. Esta le contestó: «Esa es la luna, aparece una vez al mes. Siempre pasa lo mismo con ustedes las moscas, unas nunca han visto la luna y otras no viven lo suficiente para verla oscurecer», respondió con su paleóptero desprecio.

Cuando la libélula iba a echar a volar no pudo ni abrir las alas, porque en ese momento el sol desapareció detrás de las nubes y comenzó a caer agua del cielo. Entonces la libélula supo que era el fin del mundo, nunca había visto llover.