elisenda-romano-flores-florero-roto

Flores para un florero roto

Me senté en el cemento. Las flores me atravesaron la nariz hasta alcanzar mi pecho. Un sol tan azul que dolía mirar me volaba la cabeza como los mirlos, que se enrollaban con la tierra en busca de gusanos. Me froté las manos arrugadas, esperando a que mi nieto viniese, como hacía todos los domingos a las doce de la mañana. Nadie venía ya a este sitio, todos se habían quedado con el nuevo porque era más grande, aunque todavía no tuviese agua potable, pero sabía mejor, la tierra era mejor. Mi nieto siempre fue muy puntual. Dejaba las flores delante de mí, me miraba de soslayo y se iba. Siempre fue un buen chico. Llegó tarde, acompañado de toda la familia, se sentó a mi lado, me miró a los ojos y me dijo:

—Mañana vendrán mi mujer y mi hija.