Alberto Piernas - Frontera aire

Fronteras de aire

En la televisión no se hablaba de otra cosa. Una terrible enfermedad llegada de un país lejano comenzaba a cobrarse unas primeras víctimas condenadas a permanecer en ataúdes de cemento sin una brizna de aire puro, alimentadas tan solo por unas bombonas que les permitían exhalar suspiros de plástico.

En la soledad de un jardín descuidado, Rafael encendió la cámara de su ordenador esperando poder verla, a ella, a la mujer que aún después de once años seguía soplando dientes de león en sus entrañas. Su imagen distorsionada, envuelta por la oscuridad decadente, mostraba a una mujer pálida, enfundada en una mascarilla conectada al oxígeno. En aquellos momentos al marido se le caía el mundo encima. Pero debía demostrar seguridad, aunque Ofelia ya lo hiciera por los dos.
– ¿Cómo te encuentras?
– Bien.
– ¿Seguro?
– Sí, amor mío.
– No tienes de qué preocuparte.
Sus mejillas dormidas indicaban lo contrario. Después, se hizo un silencio incómodo.
– Te quiero, ¿sabes?
– Y yo a ti.
Entonces Ofelia se mordió los labios, confirmando las sospechas de su esposo.
Rafael cerró la pantalla del ordenador y lloró. Después cerró los ojos. En el aire flotaban cuchillos invisibles y su corazón palpitaba más fuerte que nunca, buscando los páramos rosados de su piel.
Hasta que no pudo más. Entró en la casa y subió las escaleras, dispuesto a acabar con todo, a aniquilar aquella opresión en el pecho. Recorrió los pasillos y abrió la puerta de la tercera planta para, después, cerrarla rápidamente. Rafael penetró en la prisión en la que una simple puerta era el mayor insulto al amor hasta reconocer el aroma del agua de rosas, esa ternura erosionada en su voz. Los amantes se fundieron en la oscuridad, pensando que nadie vendría a buscarlos ni a preguntarles por qué un hombre había decidido sacrificar su vida por una última noche en el paraíso.

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