Hemisferios

Él venía de Rusia y buscaba alcanzar el fin del mundo. Ella llegó en un barco desde América Latina tan solo acompañada de un racimo de plátanos y la esperanza de encontrar un futuro mejor en Europa. Él y ella se conocieron durante su escala en una isla que no aparecía en todos los mapas. Una donde enormes flores de hibisco crecían en los lados de las sendas y todas las palmeras eran igual de altas. Él era un hombre igual de hermético que su cultura; tan adicto al vodka y a apretar los puños. Ella susurraba nanas tropicales y dejaba que en su cuerpo se posaran cientos de aves. Se conocieron en una de las playas de la isla, en una casa abandonada invadida por cangrejos y cuyo techo roto dejaba ver la luna en las noches claras. Él y ella eran diferentes, se gritaban y se volvían a querer. A veces, incluso huían uno del otro corriendo en cueros por la selva para terminar encontrándose entre la maleza. Él era el norte y ella el sur. Él se quedó mirando al cielo a través del techo roto de la casa hasta ver el avión que había perdido. Ella descubrió que el billete de su próximo barco había caducado. En otro lugar, ellos no habrían podido estar juntos. Pues solo allí, en aquella isla del ecuador donde todas las fuerzas de la naturaleza parecían encontrar el equilibrio, podían dejar de ser hemisferios.

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