Paula Andeliz - Hotel dulce hotel

Hotel Dulce Hotel

La observa mientras duerme. Al otro lado de la puerta se oyen voces: el hotel despierta. Él quiere bajar a desayunar, siente un agujero en el estómago, pero ella le ha pedido aprovechar los minutos bajo las sábanas. Y después se ha vuelto a dormir.
De todas formas, qué más da, si tal vez el agujero del estómago no es hambre. Y el desayuno tampoco es para tanto. Los bollos son congelados y la última vez que estuvieron allí, hace tan sólo unas semanas, ni siquiera quedaba mermelada. Y la camarera de nariz puntiaguda siempre les mira de esa forma… como si les hubiera estado esperando, como si quisiera condenar sus pecados.
Entre las cortinas se cuela un rayo de luz que permite adivinar las formas de la habitación. Y las curvas de ella. Su piel, tostada y suave. Tan suave… Ella le abraza. Él mira al techo. Sólo penumbra, pasos al otro lado, el armario de puertas de espejo reflejando dos vidas. Ella dice que es feliz. Y él piensa que en ese instante podría detenerse el tiempo, o acabarse el mundo, o alguna cosa así. Pero entonces recuerda su bolso de viaje en el maletero del coche. Recuerda que esa vez es la última vez, que ella regresará a su casa y esperará volver a verlo en una semana. Sin saber que él ya estará a kilométros, huyendo como siempre hace cuando las cosas comienzan a complicarse. O a ponerse bonitas, según se mire.

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