Marina Cabrero - La bailarina

La bailarina

Nadie pensaba en ella mientras la caja estaba cerrada, aunque algunos ojos traviesos la abrían cada día para verla bailar: estoica, firme e inmune al paso del tiempo. Danzando siempre la misma canción que algunos oídos ya habían olvidado. Aun así, ella seguía allí, con su postura perfecta, escuchando esas notas llenas de polvo cada vez que alguien daba cuerda, comenzando su espectáculo como cada día durante meses, años y generaciones. Y así, la cajita voló de mano en mano, de hijo a hijo, de tienda en tienda. Hasta que una vez, al abrirla, ya no bailaba.

La cajita perdió valor. No era lo suficientemente valiosa como para gastar dinero y tiempo en arreglarla. Así que se hizo lo que se hace con las cosas rotas: tirarla a la basura. Nadie volvería a darle cuerda, no volvería a bailar porque alguien se lo pidiese sino, por ella misma. Y por primera vez entendió que la verdadera cárcel eran los ojos que la miraban expectantes, no su caja.