Sergio Linde - Biblioteca

La biblioteca

Otra vez me habían obligado a ir solo a esa biblioteca abandonada que olía a rata muerta. ¡Maldita mudanza! Ningún empleado más quería ir y yo no me podía permitir otra discusión con mi jefe. Una vez allí, ya estaba recogiendo del suelo los últimos libros que quedaban por empaquetar cuando la escuché por primera vez:

—Espera.

Sonó infantil y juguetón, a mi espalda. La ese sonó como una dulce zeta y la erre como una ge alargada. No me atreví a girarme.

—¡Ezpeggga! —repitió enseguida.

No tenía dudas de que se trataba de la voz de una niña pequeña, pero no podía haber nadie allí conmigo. Las ventanas estaban tapiadas y yo mismo había cerrado la puerta con llave una hora antes.

— No te vayas —añadió.

Sonó cerca. Demasiado cerca. La piel se me erizó. Casi podría jurar que sentí su aliento en la nuca como una nube de vapor frío. Sus palabras quedaron flotando en mis oídos como un estallido en el silencio.

Todavía agachado, apoyé una rodilla en el suelo y me giré despacio para quedar cara a cara con aquello. Cerré los ojos ejerciendo una presión tan brutal que me parecía que los globos oculares iban a estallar salpicando todo lo que pillaran a su paso.

El peor momento llegó cuando sentí un leve pero frío contacto en una mano. ¡Dios mío! Sus gélidos dedos infantiles estaban acariciando los míos, gordos y callosos, y jugueteaban con la palma de mi mano con una ternura que nunca había experimentado. Ni he vuelto a experimentar.

—Me siento muy sola, quédate conmigo. Por favor. —Y rió con la gracia y la soltura de una niña de apenas cuatro o cinco años.

Con la mano que me quedaba libre palpé las llaves en el bolsillo y, sin abrir los ojos, calculé a qué altura quedaba la cerradura y la distancia hasta la puerta. 

En quince segundos estaré fuera, pensé.

—¡He dicho que no te vayas! —Esta vez su voz atronó. Pareció un horrible monstruo bramando colérico.

Y del espanto, en un acto reflejo, no de valentía, abrí los ojos, y… No había nadie.

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