La fiesta de la memoria

La fiesta de la memoria

Después de siete años sin saber nada el uno del otro, el azar les reunió en una fiesta.
Alberto había perdido bastante pelo, María había ganado peso. La luz tenue y el alcohol suavizaron el reencuentro. Ambos se esforzaron por mostrarse felices.

Él seguía trabajando como corrector de estilo y su gran novela, pese a sus intentos, no llegaba. Ella ya no era ilustradora y tenía una niña. Constataron el uno contra el otro que a veces el tiempo cambia las prioridades, y otras veces no.

Una copa más fue la excusa para decirse «luego nos vemos». No volvieron a cruzarse, pero la cicatriz quedó abierta en canal y esa noche ninguno dejó de revisitar su pasado y
su presente.

María encontró falta de ambición en su vida, rutina donde en otro tiempo hubo sueños.
Alberto sintió por un momento que nada firme crecía a su alrededor, que no era fértil sembrar su vida de literatura.

Durante la noche bebieron más de la cuenta, tal vez para olvidar, tal vez, para recordar mejor. El baile de dudas fue más allá de la fiesta. Él vomitó en el metro. Ella, estuvo a punto de sugerir al taxista una locura.

Al llegar a casa María abrazó a su hija dormida y despertó a su marido para darle las gracias. Alberto se puso a escribir, sus libros se rieron de él al tiempo que le consolaban.
Antes de apagar la luz de la memoria, destiló esta tópica historia.

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