Carlos Sevilla - La mujer de la nariz irrealmente puntiaguda

La mujer de la nariz irrealmente puntiaguda

“Ver agente”, ordenaba el mensaje en letras parpadeantes en la pantalla de la puerta que conducía hacia los andenes del metro. Sabía lo que eso implicaba, pero no me había detenido antes.

Varios niveles más abajo me esperaba el tumulto, formándose para regresar a sus casas. Entonces la vi. Era difícil ignorarla. La mujer de la nariz irrealmente puntiaguda. Daba vueltas impaciente por el andén, con un apremio que parecía exagerado.

Mi primera reacción fue tratar de verle los pies. Gracias a la caridad, casi siempre los locos estaban mejor vestidos que yo, así que había tenido que inventarme una prueba rápida para detectarlos. Identificar rápidamente a los dementes era algo de vida o muerte en esta ciudad. Unos zapatos andrajosos los delataban. Pero ella calzaba unas botas impecables.

Su cara contrastaba de tal forma con los rostros de la muchedumbre que si no hubiese sido por la multiplicidad de detalles y sonidos de todo lo que me rodeaba, hubiera pensado que iba a despertarme de un momento a otro.

La mujer de la nariz irrealmente puntiaguda no dejaba de recorrer el borde de la plataforma. Había leído en algún lugar que nos sentimos atraídos por rasgos similares en las facciones del otro. Inconscientemente, nos atrae alguien con igual distancia de separación entre sus ojos, mismo grosor de labios, ancho de la frente equitativo.

Si eso era cierto, ella y yo bien podríamos ser de galaxias distintas. Mi nariz podría ser típica de habitantes de un conglomerado de estrellas del otro lado del universo. Yo sería descendiente de Cornelius y ella de una exótica especie de sirenas voladoras.

La llegada abrupta de un tren interrumpió, como tantas otras veces, mi divagación. Ella lo abordó en dos zancadas, con la gracia de una bailarina, desapareciendo entre la multitud abarrotada en el vagón. 

Y yo me quedé allí, absorto, mirándome los pies, tratando de recordar cuándo fue la última vez que calcé un par de zapatos nuevos. La certeza de no tener a dónde ir volvió a mí, como un rayo.

“Yo no estoy loco… Yo no estoy loco”, murmuré.