Terapia Sueños- Paula Roman

La terapia de los sueños

El crujir de sus huesos entre el acero, desmembrando los nervios, me aceleró las pulsaciones. Saqué el cuchillo de su cuerpo y contemplé mi obra. La sangre brillaba espesa, pegajosa y violácea. Dormitaba en su lengua helada sin ninguna disculpa, mientras su víctima yacía a mis pies suplicando ayuda. 

Intentó arrastrarse hacia la salida dejando una hilera roja a su paso. Observando su patético intento por sobrevivir, sonreí. La sensación de poder me embriagaba y un hormigueo de placer sacudía mi cabeza. La adrenalina se dispersaba con rapidez entre mis neuronas. Era fría, líquida, hecha de deseos. 

Le propiné una patada en el costado que le hizo gritar y rotar sobre sí mismo. La herida le había atravesado el hombro y se podía ver en su camisa una raja perfecta, tan armoniosa que parecía irreal. 

Me senté sobre él y levanté el arma de nuevo. Sus manos se interpusieron en un acto reflejo que no logró frenar mi violencia contra su pecho, una y otra vez, ocupando hasta el último hueco de su torso. 

En su último aliento me clavó los ojos intentando decir algo. Acerqué mi oreja a su boca y susurró pidiendo explicaciones. Me incorporé soltando una carcajada y me lamí la mano ensangrentada. Una lágrima cayó en picado desde su mejilla mientras sus ojos se cerraban para siempre. 

Gruñí enfadada y decepcionada, como si me hubieran robado un momento muy preciado, y lo pagué con los restos que quedaban. Le golpeé con los puños en la cara hasta machacarle la nariz y le apuñalé en los ojos, hurgando con los dedos en el agujero vacío, caliente y jugoso que había dejado en su lugar. 

Me aparté, tumbándome a su lado, exhausta y complacida. Como si el tiempo no existiera, me deleité recordando cada gota de sangre, cada grito. 

Cuando abrí los ojos, el protagonista de mis fantasías me miraba sonriente desde el otro lado del escritorio. 

Bueno Anne, cuéntame ese sueño tan bonito que has tenido hoy. 

Le clavé el cuchillo y su aullido sonó a gloria.

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