verdad oculta pablo poo

La verdad oculta

Se durmió soñando que él también podía volar o, al menos, esa fue la cantinela que mi madre me repetía como un salmo cada vez que le preguntaba por la muerte de papá. Con el tiempo, casi que llevado por una irresistible atracción interna, me aficioné a los deportes de riesgo, no sin la correspondiente reprobación familiar y el nudo en la barriga que se me formaba cada vez que todos los besos de mi madre, antes de irme a cualquier aventura, parecían los últimos. Todo se aclaró el día que dije en casa que iba a saltar en paracaídas: “No, por Dios, con tu padre tuvimos suficiente”.

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