Alberto Piernas - Escala Miami

Larga escala en Miami

Greta y Santiago se conocieron en el T.G.I.F., el único bar del aeropuerto de Miami en el que se podía fumar. Santiago era guapo, alto y no llevaba anillo de casado. Greta, en cambio, sí lucía el suyo. Pero esto no era una historia de amor, sino más bien de amistad. Una amistad efímera surgida en la barra solitaria de un bar de neones de palmeras. Todo comenzó con un mechero. Después, llegaron los datos de rigor: ambos se encontraban allí con motivo de una escala en sus respectivos vuelos. Santiago volvía de Canadá a Colombia y Greta a España. Había estado en México dos semanas supervisando la apertura de las nuevas oficinas del banco para el que trabajaba. Se lo contó con cierta apatía, como un perro gruñón que reprime su mordisco final. Además, fumaba de forma abusiva. Sin embargo, tardaría tres horas en contarle algo a Santiago que nunca más volvería a mencionar: Greta había conocido en México a una mujer fascinante. Una pintora con la que había pasado largas noches tomando extracto de cactus San Pedro y flotando sobre las playas de Veracruz donde, en algún momento, también se besaron apasionadamente. Cuando terminó de contarle el relato, miró su alianza: “Pero estoy casada. Y tengo un hijo de cinco años”. Santiago sonrió y le contó que planeaba pedirle matrimonio a su novia. Pero que tampoco se lo contara a nadie. Y Greta sonrió por primera vez desde el inicio de aquella conversación sin saber por qué le había contado aquello a un desconocido. Fue entonces cuando descubrió el placer de conocer a alguien durante un viaje. Esa persona a quien no volvería a ver nunca más y al que podía confesarle secretos que nunca supondrían un impacto contra su estabilidad. Antes de despedirse y tomar sus respectivos vuelos, Greta le dio un beso en la mejilla y dio el visto bueno al anillo que Santiago le mostró. Después, continuó hasta la puerta de embarque. Lo hizo ligera, incluso animada. Libre de fantasmas.

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