Penseitor - Sonidos alma

Los sonidos del alma

Salió a la calle y con paso lento enfiló la acera, camino a la escuela. Este curso había comenzado a ir sólo. A sus siete años ya se sentía mayor y no necesitaba que le acompañase nadie; ni siquiera, su madre. A cada pequeña piedra que veía en su camino le daba un fuerte puntapié. Como si fuesen balones. Le hubiese gustado ser un buen futbolista. Como lo era su hermano antes de que lo llamasen para ir a luchar a la maldita guerra esa en que estaban metidos los mayores. Le echaba mucho de menos. Cada noche juraba que sería buen estudiante si su hermano regresaba. Aunque no se le diesen bien las matemáticas, ni la historia, ni la literatura, ni tampoco el obedecer en clase.

Al llegar a la plaza dobló hacia la izquierda. Al final de la calle, entre las ruinas de algunas casas machacadas por las bombas, se veía la escuela. Acortó sus pasos. No tenía ganas de llegar. El maestro le preguntaría la lección y acabaría, brazos en cruz, en la esquina del aula.

Martín, escuchó decir a sus espaldas. No necesitó oírlo de nuevo. Dejó caer la mochila, giró el paso sobre sus propios pies y echó a correr. Casi sin aliento. Aquella voz era inconfundible. Aquella voz acababa de devolverle la alegría. Aunque a partir de ahora tuviera que esforzarse por ser el primero de la clase. No era bueno en los libros, pero sí lo era en cumplir las promesas hechas.

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