Malditas Mariposas - Alberto Piernas

Malditas mariposas

Felipe tomó un vuelo de México DF a Madrid. Había estado en el país de los mariachis por negocios y estaba deseando volver a casa, donde su equipo le esperaba con una fiesta por su último ascenso. Vio una película en el monitor, tomó vodka y repasó con la mirada a los otros pasajeros de la fila: un judío que leía la Kabala, un gordinflón que hurgaba en su nariz… y ella. Morena, de pelo largo y rizado, parecía de esas chicas que fingían estar concentradas mientras controlaban todo a su alrededor. Incluido a él. Tras cruzar las miradas, sus ojos hablaron un lenguaje secreto hasta que la joven le invitó con una seña a sentarse en la butaca libre que había a su lado. Y Felipe avanzó, chocando con la azafata que pasaba con el carrito, confundido y nervioso. Tras respirar hondo, se sentó y le preguntó su nombre tímidamente: – Mercedes Duna, porque siempre estaba en la playa que quedaba cerca de mi casa, en Veracruz-.

Durante horas que parecieron minutos, Felipe y Mercedes hablaron de temas banales, del tiempo y la artesanía mexicana, de los libros de Gabriel García Márquez o de sus propósitos en Madrid: él, tomar las riendas del departamento comercial de su empresa y ella, visitar a un familiar. Palabras que pasaron a un segundo plano cuando Mercedes sintió mariposas en el estómago y Felipe, también. Aunque él fuese más espontáneo y ella pareciese programada. De hecho, mientras se acercaba cada vez más, a Mercedes le hubiera gustado decirle que sí, que continuarían su historia y tendrían tres hijos a los que contarían cómo sus padres tuvieron un flechazo sobre el Atlántico. Pero por desgracia, para ella el tiempo se acababa. Embargada por una tristeza que supo cómo maquillar, Mercedes se aproximó un poco más mientras pensaba en las calles de colores de su pueblo por última vez con los ojos humedecidos. No le dijo a Felipe que era una mula. Prefirió besarle antes de que las mariposas estallasen en mil pedazos en su estómago. Las malditas mariposas.

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