Angel Saiz Mora - Mente inquieta

Mente abierta

Ni siquiera abrí la boca al ver la fotografía del novio de Laurita, pero soy una persona espontánea, fue imposible que reprimiese del todo un gesto de sorpresa. Entre tantos candidatos nuestra hija eligió al que menos podía imaginarme.

Los gritos de mi mujer en apoyo de su niña –así la llama- no se hicieron esperar: que estamos obligados a tener buena relación con el futuro yerno, que me guarde esos prejuicios, que ya no soy el que era, que en qué parte del calvo y rechoncho actual se encuentra el hombre comprensivo de quien se enamoró. Además, dijo, tendría el detalle de venir a recogernos para que conociésemos a sus padres. Tras el rapapolvo solo quedaba relajarme y asentir. Seguro que tenía razón, no iba a ser yo quien me opusiera al proyecto de vida en pareja de la persona que más queremos.

Fueron bastantes horas, pero he de confesar que disfruté mucho del trayecto, al contrario que mi mujer. Ella necesitó tiempo para recuperarse del mareo, más todavía de la noticia del embarazo avanzado de su niña, ya en el planeta Melmac.