Muertes - Frank herrera

Muertes

Lázaro se enfrentó a la extrañeza de morirse otra vez. No tenía apuro, como cualquiera, pero por razones distintas. Tenía miedo, como cualquiera, pero por razones distintas. Claro que había disfrutado de sus años adicionales, y se había reído con sus hermanas discutiendo si mover el día de su cumpleaños para la fecha de su resurrección, pero en lo secreto le aterraba la posibilidad latente de la inmortalidad. Habían pasado cincuenta y tantos años desde aquel episodio, andaba los huesos cansados y la columna inclinada, le hacía falta menos comida que antes y le sobraban señales de que la muerte debería volver a guiñarle en cualquier momento. Pero ese momento no llegaba, y Lázaro se preguntaba (sin tener más a quién preguntarle) si aquel día le habían rescatado de la muerte o privado para siempre de la muerte. “¿Te imaginás si no te murieras nunca”, dijo una vez María, sin saber que esa pregunta se le clavó como una garrapata para siempre. Lázaro pasaba horas sentado frente al plato servido, sin tocarlo, mientras la mente se le iba en las miríadas de posibilidades terribles de su inmortalidad. Ya había enterrado a María, a Marta y prácticamente a todos los testigos de su regreso de la tumba, y en cada funeral el miedo se volvía más terrible.

Ahora, se había sentado con su plato de comida al frente de su tumba, muy suya porque nadie más se atrevió a usarla. Enfrentaba a una enemiga que creía derrotada, pero que ahora se burlaba con todos sus dientes de él, pobre hombre dejado a su suerte ante la eternidad. Su cuerpo se rehusaba a morirse y a comer, y Lázaro pensó que del enfrentamiento entre hambre y perpetuidad alguno de los dos debía rendirse en algún momento.

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