Elisenda Romano - No volverá

No volverá

Me desperté a las tres de la mañana y la busqué entre las sombras, pero no estaba. Encendí la luz y oteé la habitación ausente de ella y llena de trastos: mi escritorio estaba lleno de copas y botellas de ginebra medio vacías, papel de periódico y pintura.

Deambulé hasta el armario, lo abrí y saqué la ropa con manos nerviosas. Faltaban cosas, muchas cosas. Me acosté en el suelo a punto de llorar, pero se me abrieron los ojos al notar un olor almizclado. Gateé hasta la cama y me metí debajo. Ahí estaba. La muy estúpida se me había caído del pensamiento y se había escondido, asustada de lo que yo pudiera hacerle. ¡Como si yo fuese peligroso! La cogí entre mis dedos y la acaricié. Era pequeña, pero muy suave. La dejé sobre mi escritorio, saqué mi cuaderno de esbozos y varios lápices. Ya veríamos si me daría para un cuadro. Cogí la bolita de luz y miré a través de ella: una esfera casi vacía con un grano de cristal que recubría una perla.

—Lo siento —le dije, y me la comí.

El cuerpo se me llenó de una luz que me cosquilleaba hasta los dedos de los pies. Ya casi veía el boceto, cada trazo y cada matiz de color, sería un cuadro de tamaño descomunal; no, sería toda una exposición, ya casi escuchaba a los críticos alabarla, pero el cosquilleo terminó. Me bebí de un trago el culo de una botella de ginebra. Grité y grité. Los perros ladraron. Me fui a dormir.