Octavo dia - Alberto Piernas

Octavo día

Era el octavo día aislamiento. Tras comer un tercer plato de hummus, Lucía se levantó del sofá.

Volvió a dar vueltas por el salón. ¿Veo ese documental sobre motivación? ¿Termino de leer Las mil y unas noches? Prefirió hacerse un café y asomarse al balcón. La pata de elefante regada, los farolillos ordenados. Otra persona.

De ojos azules, aquel chico despreocupado yacía sentado en el balcón paralelo. Se miraron, y del silencio nació una luciérnaga. Pero no era de noche. Se buscaron y se encaramaron en la esquina de sus respectivos balcones. No supieron muy bien cómo comenzó la conversación, pero terminaron hablando de un viaje a Las Vegas. A él, Nacho, le encantaba viajar. Era pintor, pero trabajaba los fines de semana como camarero en el centro. Lucía, de piel tímida y morena siempre sonreía como una niña pequeña. Ella le contó que había llegado desde Bolivia y trabajaba como binguera. A los dos les gustaba el cine japonés. Nacho parecía no tener novia.

Hablaron de aperitivos el jueves, del asco por el interior de los frigoríficos y una palabra, llamaba arrebol, que definía el momento en que el atardecer casi se pierde en el horizonte. Para cuando volvió a entrar, a Lucía se le olvidó que su marido aún dormía en el antiguo cuarto. Y por un momento, deseó que el aislamiento fuese eterno.

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