Elisenda Romano - Piano para una sesera vacía

Piano para una sesera vacía

Como cada noche, encendió la vela y la acercó a la partitura, abrió el tintero y afiló la pluma. Tenía una melodía dentro de la cabeza: unas notas de piano que se estiraban y comprimían, pero nunca salían. Las repetía para sí en la oscuridad de su estudio delante del piano desnudo, que lo observaba. La partitura se tendía ante sus ojos con las notas de hueso clavadas sobre el papel. Silencio. Hundió la pluma en el tintero y la acercó a la hoja. Las notas temblaron. Apartó la mano. La melodía se evaporó de entre sus dedos y se quedó ahí, doblada, esperándole. Se reclinó sobre el asiento. El estudio suspiró un vapor salino. La melodía volvió a su cabeza tan nítida que casi podía escucharla. Los ojos se le fueron a la luz de un candelabro que no recordaba haber encendido. Bajó las escaleras, o quizá las subió, y siguió la música. Era ella, su canción, la que le había martirizado todas sus vigilias. El compositor llegó hasta el último peldaño con la respiración anudada en la garganta. Sobre el parqué resplandecía una sombra estropeada. En el piano, bajo el resplandor mortecino de la luna, una figura se cernía sobre las teclas. Las manos le temblaron de frío y sueño. Abrió la boca, pero de su voz solo salieron notas cuadradas y duras que se mezclaron con la pieza. Se llevó las manos a la boca y soltó una nota aguda y disonante. Corrió hacia el que tocaba el piano y le tiró de la camisa hasta que las manos se detuvieron y el otro se giró. Se contemplaron. Al principio, no se reconoció.