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Presentimientos

Hoy me he despertado más temprano de lo habitual. A través de la ventana aún podía contemplar la negrura de un cielo que se resistía a amanecer. Además, y sin razón aparente para ello, me he notado especialmente nervioso, con mucho desasosiego.

Parecía como si el nuevo día quisiese ponerme sobre aviso de que algo inesperado iba a suceder hoy. Con la paciencia infinita que me caracteriza, he esperado pacientemente que la alarma del reloj sonara para levantarme, le he dado un beso en la frente a mi mujer evitando despertarla y me he ido al despacho de abogados en el que trabajo desde hace años.

Después de un día agotador, y ya en casa de nuevo, me he acordado de la inquietud con que me desperté y no he podido evitar soltar una sonrisa que pronto ha dado paso a una sonora carcajada. Nunca he creído en premoniciones ni en tonterías semejantes. Eso es cosa de gente con demasiado tiempo libre.

Cuando he terminado de preparar la cena y mientras esperaba a que llegase mi mujer, me he entretenido en leer el último mensaje que me ha llegado al móvil: “Cariño, siento decírtelo por aquí, pero cara a cara no encontraría las palabras. Lo nuestro no funciona y he decidido tomarme un tiempo. No me esperes de vuelta. Tampoco intentes llamarme. Hasta siempre”.

El corazón se me ha ido paralizando, mientras por la ventana podía ver cómo el cielo volvía a vestirse de negro una noche más.

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