Elisenda Romano - ¿Qué?

¿Qué?

Habían traído a la vieja aquella mañana, pero el doctor no la había visto todavía y su familia se había desentendido de ella. La enfermera entró a darle el almuerzo, pero no pudo evitar sonreírse al ver que la anciana intentaba abrir los ojos, pero solo lograba decir:

—¿¡Qué!?

Y la enfermera la intentaba tranquilizar diciéndole:

—¡Ay, Mari Carmen! Usted con sus qués y yo que no sé qué decirle, si estoy aquí, mujer, deme la mano.

—¿¡Qué!?

Y la enfermera se sonreía, acomodándole la almohada debajo del pescuezo para poder darle la comida.

—¿No la ha acompañado nadie?

—¿Qué?

La enfermera la miró con ojos tiernos. La señora Mari Carmen apenas abría los ojos, estaba medio calva y se había quedado blanca y fofa de estar entre hospitales.

—¿Qué? —gritó.

—Ay, señora, que estoy a su lado, no en otro mundo.

—¿Qué? —gritó de nuevo.

La enfermera puso los brazos en jarra y observó aquel cuerpo de bebé gigante que se movía como un gusano sobre la cama de hospital. Cuando terminó su turno, volvió a casa: un piso pequeño en el centro de la ciudad donde apenas cabían ella y su gato, un enorme gato blanco y peludo.

—¿Qué? —le preguntó al gato, que ronroneó apoyándose en su mano—. ¿Qué? —le preguntó de nuevo.

El gato se erizó, le bufó y salió por la ventana, mientras ella buscaba el primer espejo para mirarse y gritar:

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué?