Paula Roman - 15 de mayo

Quince de mayo

Se sentaba en la mesa del fondo a la derecha, en la cafetería vieja y destartalada donde yo trabajaba. Un lugar al que solo asoman el hocico pobres necesitados de conversación o detectives funestos con la pistola descargada. 

Cada jueves aparecía con su traje gris y su corbata granate. Muy bien peinado pero con los rasgos mustios. Parecía sacado de una película de los cincuenta. 

Me acercaba a ofrecerle una taza de café que él siempre rechazaba con un gesto amable. Jamás hablaba ni consumía nada. Solo observaba y leía el periódico. 

Aquel 15 de mayo llovía a mares. Él estaba ahí sentado, mirándome, como de costumbre. Y quizás fuese por la lluvia, o por las doce horas de trabajo a la espalda, pero su mirada me puso nerviosa. Hacía que se me erizase la piel. 

Intenté hablar con mi jefe para que lo echara. 

—¿Echar a quién, Mery? —me contestó molesto. 

Puse los ojos en blanco y me giré para señalar la mesa del fondo a la derecha. No había nadie. Una sensación muy extraña recorrió todo mi cuerpo, eléctrica. Me acerqué y toqué el asiento, estaba frío. Ni rastro de él, solo su periódico. 

En la portada, el rostro triste de aquel hombre me miraba bajo un titular: “Asesinan a un detective privado al salir de su cafetería favorita. 15 de mayo de 1955.” 

Supongo que los fantasmas no consumen, ni dejan propina.