Realidades

Al llegar a casa de madrugada, la mirada tibia de mi madre hizo sentirme culpable por el retraso o, quizá, por mi olor a alcohol. Igual que siempre, mi padre la acarició para suavizar su enojo. Después, saqué la comida del microondas. Estaba fría. Mientras masticaba, comencé a echar de menos aquellos platos exquisitos que ella cocinaba y las rebanadas de pan tierno que él cortaba con precisión milimétrica. Sentí entonces el sabor agrio de la tortilla, vi el bollo desmigajado por mis torpes dedos y, como cada noche, se levantaron sin hablar para volver a quedarse quietos tras los marcos de sus fotografías.

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