Laura Mora - Residencia verano

Residencia de verano

Una de las dos torres estaba un poco torcida, como inclinada a la derecha. El portón principal no era más que un trozo de madera vieja y mohosa, pero comunicaba de forma efectiva el castillo con el exterior cuando se dejaba caer encima del foso y ejercía de puente, permitiendo así que sus habitantes pudieran entrar y salir sin ser devorados por el gigantesco monstruo que, aun desprovisto de extremidades, surcaba las malolientes aguas que rodeaban la fortaleza. A decir verdad, la gran muralla principal no era tan imponente, no estaba a la altura de la fastuosidad que merecía si lo comparábamos con el resto de la estructura. Eso mismo debía pensar mi hermano mientras hundía con delicadeza unas cuantas conchas doradas en la parte frontal.

“Ahora ya está perfecto.”, me dice mientras se sacude la arena de las manos para coger el cubo. “Voy a por más agua a la orilla, que ya se está absorbiendo y la lombriz quiere nadar”.

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