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El secreto de las margaritas

Como cada mañana, Marián abrió la floristería a las nueve en punto. Y como venía sucediendo desde algunas semanas atrás, se dio mucha prisa en colocar las nuevas flores que había recibido, depositándolas en los jarrones y cubos habituales. Las rosas al fondo, junto al mostrador. Embriagarse con el olor que desprendían era lo que más la motivaba en aquel trabajo y por ello deseaba tenerlas siempre cerca. Las azaleas, a un lado; las camelias y los claveles, enfrente. Los gladiolos, siempre tan coloridos, bajo el expositor en que se mostraban a los clientes los centros y ramos ya preparados. Después, se acercó a la puerta y allí esperó pacientemente a que él apareciese por la esquina. Al verlo, y como cada día, fue corriendo a la trastienda y trajo las margaritas para dejarlas completamente a la vista. Y él, de quien no sabía su nombre, le compró de nuevo una docena para irse después deshojándolas, pétalo a pétalo, hasta perderse de nuevo al final de la calle. Y Marián volvió a pensar que debía estar loco. ¿Quién en su sano juicio dehojaría tantas flores, si con una sola margarita ya tendría la respuesta de si le querían o no?

Y el hombre, de quien ella no sabía su nombre, al llegar a casa se acercó a su mujer y le habló bajito: “Da igual que ya no me recuerdes Marguerite, yo vengo de engalanar de nuevo la acera en que te conocí, aquel día de mayo, mientras comprabas flores.”

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