Manuel Pociello - Turandot

Turandot

Turandot era un gallo soberbio, de alto porte, hermosas grandes hoces, brillantes timoneras y cresta bruñida al sol. De patas, espolones y dedos fuertes bregados en mil batallas de gallinero, incluso siendo una de ellas con dos zorros nocturnos en defensa del reducto de su pequeño harén. Aquella noche el mismo número de gallinas supieron agradecerle aquella gallardía dejándole sin aliento en un baile emplumado que les llevaría hasta el amanecer. Y así pasaba los días Turandot, poniendo en orden su pequeño mundo entre alambres. La paz social tras largos años de sacrificios y compañeros caídos llegó a aquella pequeña granja. Ofelia, su dueña, mujer gallega, recia, de colorete natural en su ajado rostro, quebradas lumbares y de mente ya difusa, no pedía más de sus animales que la simple contemplación.

Pero Turandot seguía cantando, pero ya no al amanecer, sino cuando le venía en gana. Llegada su jubilación parecía que había abandonado su puntualidad habitual. Las quejas de los vecinos llegaron con mayor frecuencia. Ofelia que no estaba para afrentas ni disgustos no vio otra solución que quebrar el cuello de Turandot una fresca mañana de otoño ante el llanto incontrolado de sus compañeras gallinas.

Ofelia nunca supo por qué Turandot cantaba a deshoras. El gallo entendió que su dueña estaba perdiendo sus facultades mentales…un día era que se había dejado el fuego encendido, otro, el olvido de la pastilla, otro, que debía asearse, otro, llamar a sus hijos por teléfono, otro, dar de comer a las gallinas…

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