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Una noche espantosa

El viento, como si luchara por entrar, endemoniado, hacía temblar las persianas, que traqueteaban sin parar. Por la calle, un revoltijo de papeles, plásticos y hojas hacían piruetas espectaculares en el aire. Los semáforos y las farolas se meneaban de un lado a otro amenazando con partirse en dos. Todo bailaba al son del tétrico silbido del viento, que iba y venía sin descanso. Venía y se iba. No recuerdo otra noche como aquella. ¡Y tan fría y oscura!

Entré en la habitación. Elías estaba en mi cama, cubierto con las sábanas —mis sábanas— hasta el cuello. Mi mujer, preciosa como siempre, dormía a su lado con una pierna fuera. Siempre dormía sin bragas, pero me causó extrañeza que no llevara calcetín. Un relámpago iluminó la habitación y todo se torció. Mi mujer despertó y me descubrió manipulando una cuerda de un grosor extraordinario. No me esperaba allí, le había dicho que estaría unos días fuera, pero ella el día anterior me aseguró, formando una linda sonrisa, que esa noche la pasaría en casa de su madre. Elías, que era fuerte como un toro, seguía durmiendo. El viento golpeaba contundente contra las persianas. Por precaución, decidí cambiar el orden y utilizar la cuerda primero con ella. Hice un nudo tan perfecto en su cuello que preferí no deshacerlo una vez anudado y, con la discreción que me caracteriza, bajé al sótano a por más cuerda. Elías roncaba, pero otro relámpago podría ser fatal. Dos truenos feroces aceleraron mis pasos al subir por la escalera. Por fortuna no caí y estrangulé a Elías en pocos segundos.

Metí los cadáveres bajo la cama y avisé a Lupe para que entrara en la habitación, era nuestra primera cita y nada podía salir mal. Por la mañana ya pensaría cómo deshacerme de los cuerpos.

Ah, y menos mal que Lupe no me vio apartar de un puntapié un condón que había en el suelo, podría haber pensado mal de mí.