Javier Dominguez - Victoria en fila

Victoria en fila

Ya llevaba tres días haciendo fila para la gasolina. No fueron setenta y dos horas continuas, claro.  La primera vez llegué casi al mediodía y varias horas después cerraron la estación cuando me encontraba «apenas» a un kilómetro o algo así, al día siguiente llegué más temprano, pero pasó lo mismo, de hecho, quedé casi en el mismo lugar del día anterior. 

La tercera vez llegué a las cinco de la mañana. Mi sitio en la fila era casi el mismo de las veces anteriores. Es como si nunca hubiese dejado de hacer la misma fila. Venezuela, se convirtió en eso, un «no-lugar» para la espera ¿La espera de qué? De lo que sea, la gasolina, el agua, el gas, la electricidad, una certeza. Y en esta ocasión, tal vez recibí eso.

Me tocó parar detrás del coche de una pareja joven. Había una llovizna intermitente y oscuridad. Desde mi asiento podía ver las siluetas de la pareja a través de su vidrio trasero. Hacían los gestos usuales de quienes conversan, hasta que vi la mano de él acariciar el cuello de ella, luego la sombra del joven se acercó a besarla. Vi el beso sostenido, la sombra de los brazos intercambiando caricias. Luego las sobras se tumbaron en los asientos. Una progresiva mancha de humedad en el vidrio avanzó hasta que ya no se pudo distinguir nada. 

Yo tomé el móvil y me distraje leyendo la mensajería. Rato después se abrió una puerta del coche. Él bajó, estiró las piernas y se sentó en el cofre, luego se abrió la puerta del copiloto, ella estiró su brazo hacia lo alto. Su gesto flotó como un nenúfar en el pantano de vehículos en espera. Su brazo alzado era la señal de una victoria.

Luego ella salió y se sentó junto a él. Yo bajé un momento del coche sólo para verlos. 

Los vi sonrientes, animados, esperanzados. Él decía cualquier cosa y ella se reía. Luego, la claridad del amanecer inundó el espacio.

Ellos ya le habían ganado al día.

Carpe diem.