Viejas heridas - Sergio Linde

Viejas heridas abiertas

El charco de sangre se bifurcaba con rapidez en finos riachuelos que iban a parar al arcén, tiñendo de rojo las pisadas de mis brillantes Martinelli nuevos que, con parte del anticipo, compré el día anterior.

La sangre procedía de un coche que dio varias vueltas de campana hasta quedar con los neumáticos de cara a un hermoso y veraniego cielo azul. Desde el interior, un brazo ensangrentado me pedía ayuda. No se veía humo ni olía en exceso a combustible, así que me acerqué, apuré un cigarro, tiré la colilla al charco y me agaché hasta colocarme casi a ras de suelo. Allí me crucé con sus ojos. Eran preciosos. Eran verdes. Me enamoré de ellos.

Se llamaba Sara.

Alargué mi mano para ayudarla a salir de lo que minutos antes era una bonita ranchera verde produciéndome varios cortes por todo el brazo. Su sangre se mezcló con la mía. Me retiré para vomitar.

Sonó el teléfono, era mi jefe. Me preguntó si el trabajo estaba terminado y le dije que sí. Colgué.

Vomité de nuevo.

Ahora han pasado casi dos años. Y, ¿qué sucedió? Todo quedó como un accidente. En pocas semanas ella se recuperó. Nos alejamos del mundo y vivimos una historia de amor de película… Hasta que Sara quiso cicatrizar las viejas heridas. Exigió venganza. Y dicho y hecho. En este momento, aún calientes, junto a nosotros, en su propio despacho yacen los cuerpos de mi antiguo jefe y de sus dos matones.

Una vez hecho el trabajo, satisfecho, he dejado la pistola sobre la mesa color wengué en la que tantos tratos cerré… Y Sara la ha cogido. Me está apuntando a la cabeza. Queda una bala. Olvidé hace tiempo que yo antes jugaba en el equipo contrario. Cierro los ojos y le digo que la amo…

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